“We must celebrate and rejoice” (Luke 15:32)

After the disobedience and fall of Adam and Eve in the Garden of Eden, God did not abandon them. In fact, He promised a Savior. Jesus took flesh and was doing what he came for: namely, to brings sinners back to God. The pharisees and the scribes said: “This man welcomes sinners and eats with them.” Thanks to the pharisees’ criticism, Jesus gave us the story known as the parable of the prodigal son. This story, which reveals the ineffable mercy of God, also presents the Father as a God of celebration.

When we think about sin, it’s hard to connect sin with celebration. What the Father celebrates is not the sin but repentance and conversion. The father in the story is throwing a party because his son “was dead and has come to life again; he was lost and has been found” (Luke 15:24). We are told that heaven joins in such a celebration. Jesus said in Luke 15:7 there will be “more joy in heaven over one sinner who repents than over ninety-nine righteous people who have no need of repentance.”

Have you ever been around a group of believers having a depressing conversation about how bad the world is? Maybe, looking at the sinner (including ourselves) as a potential repentant could change our perspective. Just imagine the great joy that could be brought to heaven by the conversion of all the people we consider sinners! This view should inspire us to welcome the sinner like Jesus did, and to better evangelize the world we live in.

Like the merciful Father, we could also start celebrating our own victories over sin and vices. As families, friends, and communities, let us celebrate other’s progress in lives of virtue – even the smallest steps of conversion like a child’s apology following poor behavior, or a teenager’s act of selfless charity, or a friend’s recommitment to prayer. In a similar way, let’s share our own stories with each other, inspiring us all on our continued journeys in holiness.

The beautiful sacrament of Reconciliation is a testament to God’s mercy and his celebration of our repentance through his grace. If received appropriately, this sacrament will be understood as a festival of joy both in heaven and on earth! Peace and joy to you during this wonderful, holy season of Lent.

Peace,
Jean and Trisha Boussari

 


“Debemos celebrar y regocijarnos” (Lucas 15:32)

Después de la desobediencia y caída de Adán y Eva en el Jardín del Edén, Dios no los abandonó. De hecho, Él prometió un Salvador. Jesús se hizo carne y estaba haciendo aquello por lo que vino: es decir, traer a los pecadores de regreso a Dios. Los fariseos y los escribas dijeron: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Gracias a las críticas de los fariseos, Jesús nos regaló la historia conocida como la parábola del hijo pródigo. Esta historia, que revela la inefable misericordia de Dios, presenta también al Padre como un Dios de celebración.

Cuando pensamos en el pecado, es difícil conectar el pecado con la celebración. Lo que el Padre celebra no es el pecado sino el arrepentimiento y la conversión. El padre de la historia está organizando una fiesta porque su hijo “estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado” (Lucas 15:24). Se nos dice que el cielo se une a tal celebración. Jesús dijo en Lucas 15:7 que habrá “más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de arrepentimiento”.

¿Alguna vez has estado con un grupo de creyentes teniendo una conversación deprimente sobre lo mal que está el mundo? Tal vez, mirar al pecador (incluidos nosotros mismos) como un arrepentido potencial podría cambiar nuestra perspectiva. ¡Imagínese el gran gozo que podría traer al cielo la conversión de todas las personas que consideramos pecadores! Esta visión debería inspirarnos a acoger al pecador como lo hizo Jesús, y a evangelizar mejor el mundo en el que vivimos.

Como el Padre misericordioso, también podemos comenzar a celebrar nuestras propias victorias sobre el pecado y los vicios. Como familias, amigos y comunidades, celebremos el progreso de los demás en vidas de virtud, incluso los pasos más pequeños de conversión, como la disculpa de un niño después de un mal comportamiento, o el acto de caridad desinteresada de un adolescente, o el compromiso renovado de oración de un amigo. De manera similar, compartamos nuestras propias historias entre nosotros, inspirándonos a todos en nuestro viaje continuo hacia la santidad.

El hermoso sacramento de la Reconciliación es un testimonio de la misericordia de Dios y su celebración de nuestro arrepentimiento a través de su gracia. ¡Si se recibe adecuadamente, este sacramento se entenderá como una fiesta de alegría tanto en el cielo como en la tierra!

Paz y alegría para ti durante esta maravillosa y sagrada temporada de Cuaresma.

Paz,
Jean y Trisha Boussari